10/13/2015

Alameda




La vida en la Alameda es es maravillosa. Está llena de personajes: desde los niños jugando en las fuentes hasta los Godínez que salen a tomar el sol (¡yo!) No faltan las parejas, los grupitos de amigos, las familias, los locos*, los indigentes y los drogadictos. Todos los sectores sociales, todas las edades están representadas, paseando por los corredores, sentados en una banca, mojándose los pies.

Me siento a tomar un café, viendo a la gente pasar. Imagino sus vidas, sus caracteres, de dónde vienen y a dónde irán. Sonrío con los niños que pasan jugando, algunos cargados con las mochilas llenas de libros.

De pronto se acerca un señor. Una parte de mí está atenta y casi temerosa, esperando algún comentario abusivo, agresivo. Pero no. Hasta ahora quienes se acercan sólo buscan una dirección, un lugar dónde comer, comentar sobre el clima. Vuelvo a confiar.




Curiosamente hay pocos turistas. Estos más bien pasan del lado de la calle, por Juárez, tomando fotos o apresurándose al siguiente museo. El interior de la Alameda es un espacio puramente local, increíblemente bello. La renovación le sentó bien, pero lo que mejor le queda es el gozo de la gente que por fin puede disfrutar de un parque verde y limpio en el corazón de la ciudad.

Sentada en silencio, observando, me siento tranquila y feliz. Es un espacio que añoraba, interna y externamente. En un país casi sin parques, tener la Alameda a unos pasos es un privilegio. Poder tomarme unos minutos a mitad del día para estar conmigo misma es otro. Atesoro los dos, pues de ellos saco la energía vital para seguir adelante.




*Una nota sobre los locos. Desde algunas de mis lecturas, comienzo a verlos con menos aprensión. En tiempos antiguos se consideraba que hablaban con los espíritus, o mejor aún, con los dioses. Quizá no estuvieran tan equivocados.



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