8/10/2015

El vagabundo

Imagen: Ruth Villela


Se sentó en el primer escalón, recargándose en el marco de la puerta y tratando de ocupar el menor espacio posible. Hacía frío, cada vez más frío. No recordaba una temporada de lluvias tan seca y a la vez con tan bajas temperaturas.

Le dolían los huesos; por más que trataba de abrigarse las manos en las mangas del suéter, en las bolsas del abrigo, no conseguía entrar en calor. Ya no estaba para esto. A su edad debería estar en casa, sentado en una silla y no en cualquier resquicio que ofreciera un poco de abrigo frente a las inclemencias del tiempo.

Más le dolía la humillación, la indignidad. Tantos años de trabajo para que al final esos desgraciados le quitaran la casa. No le dejaron más que la ropa que traía encima, hecha jirones desde hace meses. Alguien, no sabía quién, le había regalado el abrigo; alguien más unos zapatos. Lo demás lo conseguía hurgando en la basura, de noche para que nadie lo viera.

De otros vagabundos aprendió que las cajas de cartón aíslan el frío del cemento y se duerme mejor. Conoció los rincones más oscuros de los parques, las entradas a edificios donde nadie lo corría a gritos o golpes. Dejó de sorprenderse ante la indiferencia de las personas, que pasaban a su lado fingiendo no verlo. Quizá realmente no lo veían, ocupados como estaban con sus propios problemas. Ya no notaba la suciedad ni el mal olor que emanaba de su cuerpo. Su voz sonaba ronca, las palabras no tenían sentido.

Mejor no pensar, no recordar, olvidar los últimos meses en la calle. Era lo mejor, lo más fácil.Volverse de piedra, igual que el escalón, igual que la gente.



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