11/14/2014

Tales from the 30s: Quitting

quitting making changes


People say that quitters never win, winners never quit. While that may be true in some cases (when you've only just started something new, say), I don't think it holds for every situation. There are limits to what you can endure, whether physical or emotional, and there's value in knowing them. This is true for jobs, relationships, moves, and pretty much any other aspect of life. Being happy is a win in my book, and if in order to be happy you have to quit something, go for it.

I quit my job recently, and while it might not have been the smartest move economically, it certainly was where my health and my family were  concerned. I worked over 12 hours a day, including most weekends, in a hostile environment for relatively little pay. There were also very few incentives, whether you think in terms of salary raises, promotions, or benefits. There was no paid overtime; you just were expected to be there until the boss left (that was literally how hours were measured).

At first I enjoyed it. It was challening and rewarding; I was learning a lot. But after a while it became exhausting, especially since colleagues weren't exactly friendly or helpful. It really was a dog-eat-dog environment, which made everything else harder. Maybe I'm wrong, but simply saying good morning when you walk in or making sure everyone gets to eat at lunchtime make wonders to improve an office setting, even the most demanding and high-pressured.

I had been thinking about quitting for a few weeks, but I always went back to the idea of giving a little bit more, hanging on a little bit longer. "Just until the year is finished", "until my examination results come in". In the end, my health forced things a bit. I became anaemic, got a UTI infection, and parasitic. I started treatment and got better, but without proper meals at a decent space, full recovery was certain to be very long. (To treat anaemia, you also need things like rest, exercise, and enjoyment, and I was certainly not getting any of that.)

One day I was sent to perform a certain task, by myself, almost in the middle of nowhere. By 9 PM I was not only exhausted, I was getting worried that I had no news from my superiors about whether someone else would be replacing me or I would have to stay all night. The boy called me and I started to cry; shortly after, I was in a full-blown anxiety attack. My face started to tingle, then my neck, chest and arms. I felt my mouth become stiff. I walked outside trying to catch some air and calm myself down. Luckily someone saw me and brought me to the nearest emergency clinic. Then and there, lying on a strecther with a shock blanket (bonus points if you get the reference) and hooked up to an oxygen tank, I made the decision. My health was worth way more than this.

There's a difference between giving up and knowing when you've had enough. By 30, it was high time I learnt it. Know your limits, know what's important to you (health, family, time for yourself, a higher position in the company) and work towards it. Quitting something that's not fulfilling or helping you achieve your goals does not make you a loser. It only allows you to regain perspective, take stock, and move forward.


quitting making changes standing up
Quitting is making changes.


Dicen que quien tira la toalla nunca gana. Eso puede ser cierto en algunas circunstancias (cuando apenas comienzas algo), pero no creo que aplique en todos los casos. Todos tenemos un límite para lo que podemos soportar, que puede ser físico o emocional, y es bueno conocerlo, trátese del trabajo, las relaciones, el ejercicio, o lo que sea. Para mí, ser feliz ya es ganar, y si para ser feliz tienes que "tirar la toalla" en algún aspecto, adelante.

Hace poco renuncié a mi trabajo. Si bien no fue la decisión más inteligente en términos económicos, definitivamente sí lo fue en términos de salud y familia. Trabajaba más de 12 horas diarias, incluyendo casi todos los fines de semana, en un ambiente hostil y por un relativamente bajo sueldo. Había pocos incentivos, llámense aumentos, promociones o prestaciones. No se pagaban las horas extras y salíamos cuando la jefa se iba, no antes (en serio, así era el horario: entrar a las 8 AM y salir después de ella).  

Al principio me gustaba. Era un reto, aprendía mucho, y me daba satisfacción ver que lo que hacía daba resultados. Pero después se fue volviendo muy cansado, especialmente porque los compañeros no eran precisamente amistosos o apoyadores. Era un mundo de sálvese quien pueda, lo cual complicaba todo. Tal vez me equivoque, pero creo que saludar al llegar o asegurarse que todos puedan comer a tiempo hacen de la oficina un lugar más agradable, incluso (o sobre todo) en los trabajos más demandantes.

La verdad es que llevaba algunas semanas pensando renunciar, pero siempre me detenía la idea de dar un poco más, de esperar "hasta diciembre", "hasta que lleguen los resultados de los exámenes". Al final, mi cuerpo decidió por mí. Me dio anemia, una infección urinaria, y tenía parásitos. Comencé un tratamiento y mejoré, pero sin poder comer adecuadamente y a mis horas, la recuperación iba a ser muy tardada (además, para curar la anemia hay que descansar, hacer ejercicio y tener distracciones, nada de lo cual me era posible en ese momento).

Un día me enviaron de comisión, sola y casi en medio de la nada. Para las nueve de la noche no sólo estaba agotada, no tenía respuesta de mis superiores. No sabía si alguien iba a llegar a reemplazarme o a hacerme compañía, o si me iba a quedar ahí toda la noche. Cuando me habló el novio me solté llorando y poco después estaba teniendo un ataque de ansiedad. Se me empezó a dormir la cara, el cuello, el pecho, los brazos. Dejé de sentir los labios. Salí de donde estaba para tomar aire y por suerte alguien me vio y me llevó al ERUM. Fue ahí, en una camilla, cubierta con una cobija de hospital y conectada a un tanque de oxígeno que dije "no más". Mi salud también es importante.

Hay una diferencia entre darse por vencido y saber cuándo has tenido suficiente. Era una lección que tenía que aprender antes de mis 30. Debemos conocer nuestros límites, lo que es importante para nosotros (familia, salud, tiempo para relajarse, crecer en la compañía, lo que sea), y saber combinarlos. Renunciar a algo que no te satisface o (ya) no te ayuda a lograr tus metas no te hace un perdedor. Al contrario, te da la perspectiva que necesitas para retomar el camino y seguir avanzando.


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