9/26/2014

Ruta de los Conventos: Tlayacapan

Tlayacapan, pueblo mágico. Sus casas están llenas de colores, las calles empedradas llenas de puestos de artesanías, sobre todo vasijas y platos de barro.




Llegamos tan temprano que la gente apenas sacaba su mercancía a la calle. El mercado de artesanías aún estaba cerrado, aunque había algunas carretillas con miel y otros productos de colmena. Frente al mercado están las escaleras que conducen al atrio del convento, un jardín inmenso de árboles que dan sombra todo el día.



El acceso a la nave principal es gratuito, aunque para entrar al claustro y al pequeño museo que crearon en el convento se paga un boleto. En el museo se exponen algunas piezas de arte sacro: estatuas y retablos, y algunas piezas que ilustran la vida de los monjes, como sus escudillas de barro. También hay un pequeño cuarto con una momia e instrumentos de la vida cotidiana, específicamente algunos cilicios, lo cual me pareció un poco tétrico pero ciertamente explicaba el olor a viejo que invade el museito. No pudimos tomar fotos adentro, pero ni falta que hacía; lo mejor estaba afuera, el atrio, el claustro y la nave del convento.
 

 

Después de visitar el convento, que en realidad fue el segundo del día, paseamos por algunas calles antes de decidirnos por un lugar para almorzar. Pedimos quesadillas de masa azul y jugo de naranja fresco; estaba muy rico pero el servicio super lento. Nos desquitamos de la peor manera posible: pagamos la cuenta con todas las monedas que traíamos (en realidad no podíamos hacer otra cosa porque la cajera del museo nos dio el cambio en monedas de 10).




Tlayacapan is certified pueblo mágico. It's houses are painted in bright colours, its cobbled stones are full of handcraft pop-ups, and it's famous for its pottery.

We arrived so early that people were only just beggining to lay out their merchandise (must have been around 10 AM), although there were a few vendors offering honey and other products. The handcraft market was still closed, though.

Right in front of the market are the steps leading up to the convent's atrium, a huge garden full of shady trees. It was such a sweet, welcoming space. 

While access to the church is free, access to the museum and the cloister is not. The museum has a few pieces of religious art, such as statues and paintings of saints, and also a few pieces illustrating life in the convent, including pottery cups and plates. There is also a small room with a mummy (yikes!) and other daily-life instruments, including a couple of spiked belts used by the monks. I found this bit creepy, but all of it helped to explain the old, musty smell of the whole place. You can't take pictures inside, which is just as well. The best parts of the convent were definitely NOT in the museum.

After the convent we walked through some streets and chose a place to have breakfast. We ordered blue-corn quesadillas and freshly-squeezed orange juice; it was really tasty but the service was crappy and we ended up paying the full tab in small coin. Perhaps that was a bit harsh, but really, we couldn't do anything else: the cashier at the convent gave us our full change in coins. 



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