12/24/2012

El elefante y la boa


Cuando el elefanté despertó, todo estaba oscuro. Un dolor intenso lo recorrió desde la trompa hasta la punta de la cola. Nunca había sentido algo así. Era como si no tuviera huesos y eso, para un elefante, es algo terrible. Entonces recordó: sus huesos estaban rotos porque una gran serpiente boa se lo había comido.

Lo atacó por sorpresa en medio de la jungla, cuando el elefante se había separado de se u manada, distraído por la voz de un ave o el color brillante de alguna flor. La boa se enroscó en su cuerpo y apretó y apretó hasta que el elefante prefirió desmayarse antes que aguantar ese dolor. Además, no podía respirar. Supuso que entonces la boa se lo tragó de un bocado, como era su costumbre.

Lógicamente, el elefante no tenía mucho espacio para moverse. Sus huesos tampoco lo soportaban, así que decidió echarse mientras pensaba cuál será el camino a seguir. Dobló sus patas con dificultad y descubrió  que no todos sus huesos estaban rotos. Se alegró.

Dentro de la boa, el aire era denso y hacía calor. Al elefante le dio sueño y como no tenía nada mejor que hacer, se quedó dormido.

La boa, mientras tanto, pensó que el elefante le había caído pesado. Tantos retortijones no eran normales. Pero después de todo, acababa de comerse un elefante entero. Lo mejor sería dejar que su digestión se encargara. Ya vería dentro de seis meses.




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