10/23/2012

La llegada


Ana estuvo a punto de echarse a llorar, pero en vez de eso le salieron los gritos a borbotones. Estaba en su pleno derecho: mira que venir a enterarse, después de dos días de viaje, que siempre no iba a tener dónde vivir, era una grosería, por decir lo menos.

Las chicas del recibimiento la miraban con algo de temor. Ana era alta, maciza, de voz grave. Y estaba enojada. Había dejado el bolso y el abrigo en la mesa de bienvenida, sobre los folletos y las hojas de registro. La maleta estaba temporalmente bajo supervisión de los otros chicos extranjeros que acababan de llegar, igual que ella, y también la miraban en silencio, los ojos como platos.

“Es que ¿cómo es posible?”, vociferaba. “Una viene del otro lado del mundo, confiando en la institución, pensando que tiene dónde llegar y ¡nada! Es que no lo puedo creer.”

“Lo siento mucho,” intentaba decir la líder del comité de bienvenida. “Es algo que acaba de surgir el lunes y no había manera de avisar.”

“¿No había manera de avisar? Supongo que enviar un mail a los afectados era demasiado complicado, ¿no?”

“Bueno, es que era muy pronto y no los queríamos preocupar. Pero se les hará un descuento y además les vamos a dar un vale de alimentos”, se apresuró a decir la chica, antes de Ana pudiera interrumpirla otra vez.

“Un vale de alimentos. ¡Valiente respuesta! ¿De qué me sirve un vale de alimentos si no tengo dónde dormir?”

“Esta noche podrán estar en una habitación de emergencias y ya mañana habrá alguien con quien pueda hablar y resolver el problema.”

Ana respiró hondo. Esto definitivamente no era lo que esperaba. Lo peor es que tenía que aceptar que por hoy no se podía hacer nada. Ya era tarde, estaba agotada y todavía faltaba la última parte del trayecto: el viaje del aeropuerto a... su cuarto de emergencia.



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