4/09/2012

Historia de una planta

Me compraron con un vendedor ambulante, en la esquina de un parque y me colocaron como centro de mesa. "Así que esto es una casa", pensé. "No está tan mal". No me daba mucha luz, me regaban cada tercer día... parecía que todo iba bien. Excepto por unos cuantos pulgones que caminaban en mis tallos, aunque parecía no preocuparles a quienes me compraron. Observando la vida a mi alrededor, me disponía a florecer y alegrar a quienes vivían en la casa.

Eran cuatro, dos hombres y dos mujeres. Todo el día entraban y salían, trabajaban, veían la tele, platicaban. Al principio pensé que se llevaban bien; es decir, se sonreían, platicaban, compartían los alimentos. Poco a poco me fui dando cuenta de ciertos patrones: los humanos que me compraron siempre estaban juntos, platicaban, se reían, me cuidaban. Los otros dos iban y venían en horarios extraños; la chica saludaba a los otros y a veces se sentaba con ellos. El chico no. Se encerraba de inmediato en su habitación, salía a pasear, comía solo.

En ocasiones estos dos últimos comían juntos. Se sentaban en mi mesa y hablaban en voz baja. Entonces yo me sentía incómoda, pensando que planeaban algo y que quizá no sería muy bueno para mis dueños. Me empecé a marchitar. Era demasiado para mí, percibir que las cosas no eran como pensé al principio, que los humanos podían hacerse daño a propósito.

Así, a los pocos días la chica se llenó de actividad. Iba y venía por toda la casa, sacando cosas, limpiándolas, acomodándolas en cajas. Quitó una mesa y se la llevó. Desconectó la lámpara. La otra chica, la que me compró, habló con ella y comenzó a llorar. Me di cuenta que realmente habían hecho un plan los otros dos: irse lo más pronto posible. No les importó los problemas que causarían o los sentimientos de mis dueños, especialmente los de ella.

Dos días después, la otra chica quitó la mesa donde yo estaba. Me pasó a la ventana, movió otras cosas que había sobre la mesa, la dobló y la puso junto a sus cajas. Pensé que se iría ese mismo día pero no, se quedó casi una semana más.

Lejos de ella, donde me daba un poco el sol, comencé a revivir. La  chica que me compró me regaba, me quitaba las flores muertas, me platicaba. Prometió que floreceríamos juntas, que esto no nos afectaría más.

Mis dueños se quedaron solos y el ambiente cambió. Se les veía más tranquilos. Yo revivía poco a poco, porque los pulgones continuaban viviendo en mis tallos, alimentándose de mis hojas. Intentaron fumigarme pero no sirvió de mucho. Y un buen día, se fueron de vacaciones y me quedé sola.




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