3/05/2012

Ashia


Ashia se despertó temprano, inquieta. Como cada mañana, volteó a ver la cama de su hermana, vacía. Nunca entendió esa manía de Lilith de salir a caminar en la lluvia cuando los demás dormían todavía.


Su malestar la preocupaba. ¿Sería sólo un sueño o había algo de premonición? No sería la primera vez que viera sus sueños convertidos en realidad. Lo malo es que no solían ser buenos. Cerró los ojos e intentó dormir de nuevo.

Quiso concentrarse en su respiración (“Inhala, exhala”) pero los ruidos del mundo exterior se colaban por la ventana, distrayéndola. Se distrajo identificándolos: “Ahí va el vecino de arriba a pasear a sus perros”, “Ahora pasa el ropavejero”, “Ése es el panadero. ¿Traerá conchas?” Pensamientos ociosos todos, pero que la invadían sin que pudiera evitarlo. Sonrió y decidió que era hora de levantarse, a pesar del frío. ¿Habría café todavía?

Físicamente idénticas, las gemelas Lilith y Ashia no se parecían mucho. A Ashia le gustaban los días de sol y disfrutaba la atención de los extraños en la calle. En vez de esconderse tras lentes y bajo paraguas, caminaba orgullosa, la frente en alto y mirando a su alrededor, riéndose del asombro que causaban sus rasgos.

No es que Lilith fuera apocada o tímida, más bien Ashia era extremadamente abierta y bullanguera. Lo había decidido hace mucho, justo en la época en que empezó a vestirse sola y elegía atuendos coloridos, sólo por distinguirse de su hermana.

Lilith se había acabado el café, así que Ashia puso agua a hervir, eligió un sobrecito de té y reanudó su lectura de la noche anterior, pero la inquietud volvía a asomarse, interrumpiéndola.
Bebió su té a sorbos para no quemarse, pensando en la reunión que su hermana tenía hoy. No sabía qué pensar. Emilio le agradaba pero había algo raro en él y Lilith parecía no notarlo. O tal vez tenía sus dudas, pero ésas no se las había compartido.

Sí, era eso. No quería ver lastimada a su hermana pero era el único escenario predecible.  Intentaría hablar con ella cuando regresara. Mientras tanto, no había nada que hacer. De vuelta al té y al libro, Ashia se perdió en los mismos mundos que su hermana, llenos de aventuras y nostalgias, si es que se puede tener nostalgia de algo que no hemos vivido.

La lluvia golpeaba suavemente en la ventana, incitándola a levantar la vista cada pocos minutos, a perderse en sus pensamientos, precisamente lo que quería evitar.

El cambio no le sentaba muy bien. Desde su llegada a la ciudad se sentía perdida, sola. No le gustaba pegarse a su hermana para todo, aunque en ocasiones la acompañaba en salidas, marchas o excursiones. Además, necesitaba ya su propia rutina, su propio grupo social. La inactividad la demolía, la hacía pensar de más. Esperaba obtener pronto respuesta de un trabajo que había solicitado para así salir del estancamiento en que se encontraba.

Ser adulta no era ciertamente lo que imaginaban de pequeñas. Había muchas más responsabilidades y obligaciones, la vida no era tan glamorosa como la ponían en las películas y definitivamente no todo eran trabajos y fiestas increíbles. No contó con la soledad, con el desempleo, con las mudanzas. A veces deseaba poder regresar a la infancia, a los juegos con Lilith, a los abrazos de la abuela.

Claro, ventajas sí había. Era libre de elegir muchas cosas, vivir a su modo, sin más reglas que las suyas. Es sólo que a veces se le hacía difícil. Los días de lluvia eran los peores. Como hoy.

Decidida a sacudirse la melancolía, Ashia salió a caminar. Llevaba poco tiempo en esta jungla, llena de gente y autos, pero que aún conservaba pequeños remansos de calma, como estas calles que ahora recorría en busca de un espacio acogedor.

Lo encontró pronto y tuvo que admitir que vivir aquí tenía sus ventajas: no en todos lados podía encontrar una librería con sillones frente a una chimenea encendida, creando un área para leer mientras tomaba café y donde, además, no la vigilaran constantemente con el pretexto de que podía maltratar los libros.

Era un espacio pequeño… al menos, eso parecía desde afuera. La primera vez que entró quedó sorprendida al constatar que era mucho más grande por dentro. Los estantes ocupaban todo el espacio disponible de paredes y el piso estaba invadido por torres de libros. Al fondo había un mostrador, atendido por el dueño del lugar, un hombre ya entrado en años, con una eterna pipa en la boca y una sonrisa afable en los labios. También preparaba el café que los clientes constantes pedían al llegar, incluso antes de preguntar por las novedades literarias.

Apenas en su segunda visita, Ashia estaba lejos de considerarse regular de la librería, pero aún así se acercó al mostrador, deseosa de tener alguien con quien hablar. Don Mario se acomodó los lentes y sonrió. Sólo la había visto una vez, pero esta chica desgarbada de pelo rojo se le hacía simpática. Le ofreció café y mientras hervía la acompañó al sillón naranja junto a la chimenea. “Es el mejor lugar para un día como hoy”, observó. “Café, libros, un buen fuego…”. Ashia asintió, “Es un pequeño paraíso. ¿Le ayudo?” Pues Don Mario intentaba encender la chimenea. “Gracias, hija, ya lo tengo. Como verás, la edad me vuelve ágil. ¡Ah! Ya está el café. ¡Qué bien huele! Espera un momento”.

Sintiéndose acogida, Ashia tomó el primer libro de la torre más cercana y se arrellanó en el sillón recomendado, mientras Don Mario traía dos tazas de café y un periódico amarillento. Ella lo miró extrañada, tratando de leer la fecha, pero él sonrió y antes de que pudiera preguntar, explicó, “Los periódicos de ahora me deprimen, sólo hablan de violencia. Ni siquiera están bien escritos. Yo colecciono periódicos antiguos, así me puedo imaginar que aún estoy en un tiempo más simple. Algunos me recuerdan eventos que ya viví. Otros me dejan pensando cómo serían las cosas si el resultado de los eventos que se mencionan hubiera sido distinto. Bueno, ya sabes, los viejos siempre pensamos que nuestros tiempos fueron mejores.” Y con eso se sumergió en la lectura de sus reportajes antiguos. A Ashia no le quedó más remedio que imitarlo.



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