2/01/2012

Qué flojera casarme

Hace poco vino de visita una amiga de mi roomie que se va a casar, y mientras la escuchaba, me quedé pensando varias cosas. ¡Qué flojera una boda! Es mucho estrés, tanta planeación para cumplir con miles de expectativas, preparar "el día más importante de tu vida" (¿en serio? ¿Y el día que te gradúas, o que te ascienden, o que tienes un hijo, ése día no es importante? Sí, es un gran día, sólo no creo que sea el más importante de toda una vida). Hay que conseguir un vestido, elegir una iglesia y un salón, contratar músicos, un servicio de banquetes, elegir menú, comprar flores... la lista es interminable. Carísima, por supuesto. Y todo para que al final, según me han contado, ni lo recuerdes realmente, por estar pensando si todo está en orden y está saliendo bien y los invitados lo están disfrutando.

Además, suele dejarse toda la planeación y organización a la novia. ¿No debería ser el día más importante para el novio también? Ellos más bien parecen verlo como algo para lo que hay que tener valor (de preferencia, inducido por el alcohol). Entre menos tengan que preocuparse, mejor. Eso sí, no se le ocurra a la novia mostrar frustración o estrés, porque entonces se convierte en Bridezilla, una histérica. Porque obviamente la mujer debería poder con todo: su trabajo, atender a la familia y al novio, planear este gran evento, cuidarse a sí misma para estar siempre bella y presentable... y no sucumbir. Y aunque ya existen personas o empresas encargadas de organizar este tipo de eventos, la novia sigue estando a cargo de supervisar que todo salga perfecto.

Quizá pienso así porque soy rara. No crecí planeando mi boda, ni imaginando mi vestido, ni eligiendo música. En mi casa no había fotos de bodas y las pocas historias alrededor de alguna nunca estuvieron glamorizadas. Casarse es algo que la gente hace o no hace, según le parezca mejor. Y una niña (o ahora, una mujer) tiene muchas cosas en qué soñar, metas que alcanzar, eventos que planear que no giren alrededor de un hombre o, peor aún, en gastar miles y miles de pesos.

Ni hablar, además, de la problemática social y política de los anillos de diamantes. Vean Diamante de Sangre, con Leonardo Di Caprio, para que se den un cale. Lean los informes de Amnistía Internacional y Human Rights Watch y tantas otras organizaciones (de paso, lean también sobre los minerales de sangre). O de la idea de que el matrimonio es únicamente heterosexual. O de la estrecha concepción de familia que tenemos. O tantas otras cosas relacionadas con "la boda" que me dan repele y me incitan a buscar alternativas con tal de no caer en el juego del llamado wedding industrial complex.

No crean que estoy juzgando a nadie. Si alguien quiere casarse y tener una gran boda, adelante. Cada quien decide qué hacer con su vida, después de todo. Lo único que digo es que se hace ruido y me da flojera porque yo nunca he pensado así. Quizá lo que más emocione de una boda es la luna de miel. Ahí sí le metería todas mis energías y el presupuesto asignado para el evento. Porque siento que los recuerdos de un viaje fantástico al lado de una persona extraordinaria con la que haya decidido compartir mi vida, durarán mucho más que una noche de nervios y tensión. Pero ésa es sólo mi opinión.

[Y en comentarios random de la gente: "Algún día cederás". "Ya te quiero ver". Ugh. ¿Cómo me dicen eso si ni me conocen? ¿Ceder ante qué, la presión social? Ugh. Ni porque mi novio y yo les decimos que NO queremos una boda enorme, que mejor invertimos en algo más, ahí siguen. Gente, de verdad, limítense en sus comentarios a la gente que acaban de conocer.]



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