7/12/2011

Ejercicios de escritura

Para variar, el metro iba lleno. Tanto que ni siquiera necesitaba tomarse del tubo para no caer. Lilith entrecerró los ojos y suspiró, aferrándose a su bolsa. No traía nada de mucho valor, pero se le había hecho costumbre. En cierta forma, era una manera de no sentirse tan sola en medio del gentío. El metro se detuvo con un golpe seco (o al menos así lo sintió) y Lilith abrió los ojos, preocupada, pensando que se le haría tarde.
  Cuando por fin salió del subterráneo, el día la esperaba gris, lluvioso. "Un día perfecto", se dijo sonriendo, mientras se subía la capucha de la chamarra para ocultar su brillante cabello rojo. Había aprendido que cuando llueve la gente camina mirando al pavimento y para ella era más fácil camuflajearse. De negro bajo el paraguas, nadie se fijaba en sus ojos ni en su pelo.
  Aún no lograba acostumbrarse del todo a las miradas de asombro de quienes descubrían el violeta de sus iris. Solían decirle que inquietaba, que intimidaba. "La gente le teme a lo que es distinto", repetía su madre intentando consolarla, pero ella no estaba tan segura. Algunas veces, al mirarse en el espejo, se descubría a sí misma preguntándose qué habría en el fondo de esos ojos.



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