11/04/2010

Avión

La ciudad se va alejando. Desde el cielo, su extensión y trazado se hacen claros gracias a la iluminación artificial. Trato de distinguir mis pocos referentes; es mi manera de decirle adiós. Poco a poco, los límites se definen y la ciudad parece recortada sobre un papel negro. Es tal la oscuridad que no se puede distinguir el mar de la montaña que rodea el espacio iluminado.
De pronto, el avión se inclina para girar y la ventanilla se llena de estrellas. A pesar de la hora, aún temprana, el cielo está cuajado y la noche es tan clara que se ve claramente la Vía Láctea, ese rincón del universo donde se desarrolla la existencia humana.
No sé si ponerme a escribir o continuar admirando el cielo y la tierra desde mi ventanilla de acrílico reforzado. Me decido por lo último, aunque las palabras, inquietas, se agolpan en mi cabeza formando oraciones hasta que me rindo ante ellas. Entonces surgen de entre mis dedos, veloces, expresando exactamente lo que pasa por mi mente, dejando que la tinta imprima en el papel lo que fueran hasta ahora meros impulsos nerviosos.



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