4/30/2010

Días y noches de amor y de guerra, Eduardo Galeano


“Yo me había pasado toda la vida diciendo adiós. Carajo. Toda la vida diciendo adiós. ¿Qué ocurría conmigo? Después de tanta despedida, ¿qué había dejado yo? Y en mí, ¿qué había quedado? Yo tenía treinta años, pero entre la memoria y las ganas de seguir se había amontonado mucho dolor y mucho miedo.”

“Pero, ¿cuántos son los desterrados dentro de las fronteras del propio país? ¿Qué estadística registra a los condenados a la resignación y al silencio? El crimen de la esperanza, ¿no es peor que el crimen de las personas?”

“La máquina acosa a los jóvenes: los encierra, los tortura, los mata. Ellos son la prueba viva de su impotencia. Los echa: los vende, carne humana, brazos baratos, al extranjero. / La máquina, estéril, odia todo lo que crece y se mueve. Sólo es capaz de multiplicar las cárceles y los cementerios. No puede producir otra cosa que presos y cadáveres, espías y policías, mendigos y desterrados. / Ser joven es un delito. La realidad lo comete todos los días, a la hora del alba; y también la historia, que cada mañana nace de nuevo. / Por eso la realidad y la historia están prohibidas.”

“Los decretos del ministro de Economía, ¿se refieren a los tipos de cambio, al régimen impositivo, a la política de precios? ¿Por qué no mencionan nunca cosas como la vida y la muerte o el destino? ¿Es más sabio el que descifra las líneas de la mano o el que sabe leer qué dicen, sin decir, esos decretos?”

“-¿Cómo andás?
-Como el país.
-¿Sobreviviendo?
-¿Quién, yo?
-El país, digo.
-Mintiendo, el pobre.”

“¿Seremos capaces de aprender la humildad y la paciencia? / Yo soy el mundo, pero muy chiquito. El tiempo de un hombre no es el tiempo de la historia, aunque a uno, hay que reconocer, le gustaría.”

“¿Cuántas veces he sido un dictador? ¿Cuántas veces un inquisidor, un censor, un carcelero? ¿Cuántas veces he prohibido, a quienes más quería, la libertad y la palabra? ¿De cuántas personas me he sentido dueño? ¿A cuántas he condenado porque cometieron el delito de no ser yo? ¿No es la propiedad privada de las personas más repugnante que la propiedad de las cosas? ¿A cuánta gente usé, yo que me creía tan al margen de la sociedad de consumo? ¿No he deseado o celebrado, secretamente, la derrota de otros, yo que en voz alta me cagaba en el valor del éxito? ¿Quién no reproduce, dentro de sí, al mundo que lo genera? ¿Quién está a salvo de confundir a su hermano con un rival y a la mujer que ama con la propia sombra?”

“Persigo a la voz enemiga que me ha dictado la orden de estar triste. A veces, se me da por sentir que la alegría es un delito de alta traición, y que soy culpable del privilegio de seguir vivo y libre. / Entonces me hace bien recordar lo que dijo el cacique Huillca, en el Perú, hablando ante las ruinas: ‘Aquí llegaron. Rompieron hasta las piedras. Querían hacernos desaparecer. Pero no lo han conseguido, porque estamos vivos y eso es lo principal.” Y pienso que Huillca tenía razón. Estar vivos: una pequeña victoria. Estar vivos, o sea: capaces de alegría, a pesar de los adioses y los crímenes, para que el destierro sea el testimonio de otro país posible. / A la patria, tarea por hacer, no vamos a levantarla con ladrillos de mierda. ¿Serviríamos para algo, a la hora del regreso, si volviéramos rotos? / Requiere más coraje la alegría que la pena. A la pena, al fin y al cabo, estamos acostumbrados.”



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