4/29/2010

Carta de Maryam Baghi a su padre Emadeddin Baghi con motivo del día 118 de su encarcelamiento.

Mi querido padre, salaam (que la paz esté contigo). Saludo a tu espíritu sublime, saludo a tu digna existencia, colmada de amor, saludo a tu fuerte moral y saludo a tu desgastado cuerpo. Mi corazón late fuertemente por tu salud, de la cual te has visto privado en una difícil e inadecuada celda, en este tu último periodo de encarcelamiento. El año iraní de 1388 terminó y tú no estabas con nosotros, hoy es el cuarto día del segundo mes de la primavera, 118 días después de tu arresto. Todavía hasta el fin de año albergábamos esperanzas de que el timbre de la puerta sonara y entraras tú. Pero más tarde escuchamos que te encontrabas en el hospital… Habían aceptado tu fianza y tu ingreso al hospital. La noche del miércoles antes del Año Nuevo miramos fijamente la puerta de la prisión hasta la medianoche esperando que al tiempo que comenzaba el nuevo año, pudiéramos estar orando juntos…. Pero no lo permitieron. Y ocurrió lo mismo con Mohammad. Tú permaneciste con nosotros hasta la medianoche en frente de la cárcel de Evin, pero él tampoco fue liberado esa noche. Sin embargo, continuamos confiando en el Creador, quien conoce todos los secretos ocultos. En la primera noche del Año Nuevo, cuando luego de tres semanas pudimos, aunque brevemente, escuchar tu voz por el teléfono y nos recitaste un doble verso del Hafez: No pierdas la esperanza puesto que no conoces lo invisible/ Detrás de las cortinas se esconden juegos ocultos, no sufras. Para nosotros, ésta es la quinta primavera con una sensación de aprisionamiento, y tú estás en prisión. 
  Querido padre, siento mucho que debido a una auto-censura no deseada me vea forzada a dejar alguna otra historia de la vida sin ti, para otro momento. Tal vez tenga que esperar hasta que regreses y yo pueda recitar en tus oídos lo que ha sucedido, y lo que nos han hecho. Esta es la tercera vez que el encarcelamiento -el método empleado en países subdesarrollados y del Tercer Mundo para limitar a los pensadores, y como castigo por denunciar abusos- se convierte en algo que parece corresponderte. Fue hace menos de un año después de tu última liberación que tuvieron lugar las elecciones de Junio 12, y que  la presencia de Mohammad ya no llenaba nuestra casa. No ha pasado mucho desde su liberación y desde que el deceso del Gran Faqih (el difunto Ayatollah Montazeri) nos hiciera sudar frío; y fue en el séptimo día después del deceso, de la partida de un ser tan querido y con motivo del día de Ashura (en que se recuerda el asesinato del Imam Hussein) que te llevaron de nuestra casa en tu traje de luto.
  En los últimos años de tu encarcelamiento, te he escrito repetidamente acerca de mis penas sobre el mundo y mi descorazonamiento. En esos días nuestra fatiga y dolor eran menos comprendidos y no era como en estos días, cuando la prisión se ha vuelto más llevadera. Hemos aprendido a mantener nuestra soledad dentro de nosotros. Yo he intentado que mi madre y mis hermanos no se den cuenta de la gran tristeza que se ha formado en mi corazón, llevando su carga. Pienso que Mohammad no debe ser molestado para que su pluma pueda ser libre. Ellas piensan igual. Incluso Mina, quien es la más joven de todos y estaba en primaria, ha aprendido a ocultarlo bien. Papel y pluma han sido mis compañeros. Pero en los días en que Mohammad no estaba con nosotros, yo más que nadie encubría las cosas frente a ti. Y tú siempre me pedías tiernamente que permaneciera esperanzada y tranquila. Pero en los días en que otra vez no estabas con nosotros, de nueva cuenta yo desahogaba mi corazón sobre el papel y la tinta, más que en cualquier otra cosa.
  En el día cuarenta, sesenta, setenta, ochenta… todos los he guardado en secreto. Y aunque estoy cansada de escribir, cansada de redactar cartas que todos pueden leer; así sean cartas que por mil razones están archivadas en mi memoria o cartas sin respuesta al caso, o las últimas sentencias, o poemas que mi corazón ha registrado a causa de la separación.  Pero la sangre en mis venas, que mantiene la fe en tus pensamientos compasivos, me grita que resista. También le he escrito a Dios, y sé que es el único que me escucha y me tranquiliza cuando recuerdo sus versos. “Yo sé lo que no sabes tú”; “Es posible te disguste alguna cosa que sea buena para ti”. Y siguiéndote a ti, que lees el verso de la paciencia: “Busca la ayuda de Allah con perseverante paciencia y en la oración”; nosotros esperamos pacientemente y la fatiga no es un obstáculo para perseverar puesto que siempre has estado ahí para mí, para nosotros, como un faro de perseverancia.
Los viernes se han vuelto días muy raros. La anticipación se llena de más anticipación. “Momentos de caída”. Es el día de ansiedad al caer la tarde. El fin de dos meses de encarcelamiento, el día en que esperábamos el fin de esta etapa de encarcelamiento por el crimen de expresión de las ideas, era un viernes. El día cuarenta en que las barras de la prisión te seguían rodeando también era un viernes; el cuadragésimo día para el mártir de la libertad en el Karbala de la resistencia y la perseverancia, y el cuadragésimo día separada de ti.
  Padre, lo que son las coincidencias. Cuando se llevaron a Mohammad en frente de mis ojos en la medianoche del trigésimo día del Khordad también era un viernes. Y cuando Dios lo liberó también era una mañana de viernes, el octavo día del octavo mes del año 1388, en el cumpleaños del octavo Imam. El último día del año 1388 fue una vez más un viernes, y esa vez con la promesa que nos habían hecho de tu liberación, estábamos llenos de esperanza. No sé cuándo será el último viernes en que la anticipación lleve más anticipación.
  Es este el destino de muchos de nuestros años: ansiedad, investigaciones, tribunales, interrogaciones, y más encarcelamiento. Previamente ya habías experimentado 1,500 días en prisión. Esto quiere decir que no estuviste presente en la infancia de Mina, la adolescencia de Monireh, en mi juventud e incluso en mi matrimonio. Luego, hace años Mohammad, quien había sido enviado a prisión después de ti, fue liberado dentro de poco tiempo. Aún no habíamos intercambiado votos matrimoniales y tú habías sido sentenciado a varios años de prisión. Con la promesa de que podrías asistir a la boda, fijamos una fecha. La ceremonia dio inicio mientras te aguardábamos. Nos dijeron que tendrías que asistir con el uniforme de la prisión, con tus manos atadas, y celadores. Nos enviaste un mensaje telefónico a través de un compañero de celda: “Digan a mi esposa Fatemeh que celebraré la boda de mi hija Maryam desde aquí. Yo sé que no desean que esté presente en su felicidad de esta forma”. Yo lloré por dentro a lo largo de toda la ceremonia, pero a pesar de los esfuerzos del orador y de otros, las lágrimas dentro de mí se convirtieron en un lamento.
  Durante el noveno gobierno, probaste una vez más la cárcel, que resultó ser más difícil que antes y ese año -el año maldito- fue el primero en el que Mohammad fue enviado a prisión, y después tú. El alto muro de las estrechas celdas del Distrito 240 se volvió tu anfitrión y ahora es la única imagen frente a tus ojos por días. Me gustaría poder convertirme en un huésped de tu pequeña celda, llenar de besos tus fuertes hombros y decirte: Feliz Año Nuevo padre, y decirte como siempre que estoy orgullosa de ti, y que sé bien que tu gran espíritu no está limitado por esta pequeña celda; un espíritu tan lleno de honestidad, sinceridad y candor. Y aunque ni siquiera te han permitido un Corán por cincuenta días, se que has recitado los versos y que la luz de Dios te ilumina en la celda en la cual te encuentras más cerca de Él. No hay nada en esa celda más que espiritualidad. Tu pecado es exigir tolerancia y paciencia, paz y amistad, respeto a la generosidad humana, el derecho a la vida, y el no recluir ni siquiera a los oponentes. Tú insistes en que el estándar y el criterio para lo bueno y lo malo es la conducta; el propio Dios la considera una medida y evalúa y distingue a los humanos con base en ella. “Salven aquellos que creen y emprenden actos buenos y rectos”.
  Tal vez en estos días en los que nuestros ojos no están mirando, sea más fácil para ti llorar la partida de tu maestro, el Gran Ayatollah Montazeri. No estás aquí para atestiguar las cosas que siempre te dolieron. Puedo imaginarme la angustia que sentirías con cada ejecución que se ordena. Cuando la soga está en el destino de alguien, incluso si es culpable, tú no repararías esfuerzos para sustituirlo por otro castigo. Si la decisión estuviese basada en la retribución tratarías de conseguir, hasta el último momento antes de la ejecución, la aceptación de la familia de la víctima; y si la ejecución le esperase a una persona culpable harías de todo, desde escribir cartas a las autoridades hasta escribir artículos.
  Tu libro: “El derecho a la vida”, escrito en dos volúmenes terminó como muchos otros de tus libros, que nunca obtuvieron el permiso de publicación o fueron prohibidos, y nunca llegaron a los lectores en Irán, aunque si a los lectores de Líbano y Egipto. Qué maravilloso sería que pudieran leerse en Irán. Cuánto has querido que la cultura de paz y tolerancia se institucionalicen en Irán. ¿Pero qué ha pasado? ¿Por qué es tan rocoso, oscuro y estrecho el camino a la libertad, la serenidad y la paz? No estés triste, padre. Esto también pasará… Ahora en esa celda, tal vez atestiguas menos el dolor de otros. Sé que el dolor de otras personas te hiere aún más. Estos días no estás aquí para reconfortarnos por la prohibición a los periódicos. El número de periódicos prohibidos es tan alto que hemos perdido la cuenta, y aparentemente la falta de empleo será aún más larga que en otros tiempos.
  Padre, si en el pasado el sonido de unos pocos seguidores de la libertad y los derechos era escuchado, ahora las voces han aumentado. Con el encarcelamiento de una de las voces, miles de voces por la libertad se han alzado por todas partes. Uno de tus compañeros fue liberado recientemente. Sólo le separaban de ti un par de celdas y dice que podía escuchar tu voz en ocasiones. Un guardia te ordenó que no alzaras la voz y dijiste: “Somos nosotros los encarcelados, no nuestras voces”. Desde dentro de los altos muros de cemento de la Cárcel de Evin, tu voz se extiende por todas las calles de Teherán y ahora muchas otras voces la acompañan. Es tu voz un faro de libertad y justicia. Y entonces ¡¿por qué te consideran un enemigo?!
Ahora, el número de personas consideradas como enemigos aumenta día con día. Es increíble que muchos miembros de familias de mártires (shahid), personas que aún tienen mucho dolor en sus corazones sean acusadas de oponerse a los ideales de la revolución, cuando de hecho son ellos quienes tratan de preservarlos. Las familias de Shahid Behehsti, Shahid Rajai, Shahid Motahhari, Shahid Qadusi, Shahid Bakeri, Shahid Hemmat, la familia del Imam, y de muchos otros revolucionarios son juzgadas de esta manera. Hay veces que yo no sé qué es lo que se imaginan al acusarlos, como a ti, de cooperar con extraños para dañar una revolución que ustedes mismos han creado, o que te llamen un hipócrita. ¿Qué es lo que quieren decir? Yo no he visto ninguna discordancia entre tu pluma y tu corazón, en tu exterior y tu interior, entre tus pensamientos y tus expresiones, entre tus palabras y tu comportamiento. Yo no sé por qué las expresiones se están volviendo temerarias, las acusaciones severas y sin fundamentos, y mayores amenazas y límites a las críticas. ¿No es tan sólo que los reformistas que quieren la reforma y son leales a los ideales revolucionarios, resultado de cien años de lucha, buscan la manera de librarse de la monarquía y la dictadura? ¿No era la libertad, junto con el republicanismo y el Islam uno de los lemas principales de la Revolución Iraní? ¿Acaso no se gritaron los lemas de independencia, libertad, y la República Islámica en las calles libres de despotismo?
Cuando muchos de tus amigos, y Mohammad también, estaban en prisión tú no podías estar quieto. Era como si al no encontrar una solución, tú también tuvieras los grilletes. Y por supuesto que cuando estabas libre era igualmente difícil que estando preso. Nunca fue una posibilidad el no trabajar o emprender acciones. Tu trabajo ha sido impedido más de veinte veces, además de obstaculizar la publicación de tus libros o artículos periodísticos, junto con tu investigación y enseñanza. El año pasado incluso pusieron cerrojos a las puertas de la Asociación de la Defensa de los derechos de los Presos, a pesar de que tú te habías retirado como su líder en aras de que tu presencia no llevara a impedir la labor de esa asociación. Te dejaron en una esquina de la casa con una computadora vieja, y una pluma de la cual chorreaba sangre.
  Pero ellos no pueden tolerar ni eso. Eres un crítico, no un enemigo y sin embargo te han acosado como a un enemigo una y otra vez. Pero aún así nos enseñaste, a nosotros impresionados y abrumados, el lema de: larga vida a mis oponentes, y nos diste esperanzas de paz y tranquilidad. ¿No es acaso que el Dios le jura al olivo?, esa expresión de paz y amistad, y a la patria del más honesto: la Meca. Pero padre, tu ciudad ideal se ha vuelto un sueño en este país. Y ese amigo tuyo, Qeysar, no está más con nosotros para escribir poemas sobre estos tiempos amargos. Él decía, y con razón, que “los poetas creaban una ciudad ideal, que ni siquiera podrían soñar en sus sueños”. Yo sólo he leído acerca de la ciudad ideal en poemas y cuentos, pero eso no quiere decir que las palabras deban enfundarse porque hemos sido creados para buscar la verdad, para expresar la realidad, y para intentar liberar al mundo de la opresión y la crueldad, para empujar a la sociedad hacia la felicidad. Si este no es el caso, entonces ¿cuál es la diferencia entre nosotros y los animales de cuatro patas?
  En los últimos 118 días te he visto tres veces, por un breve tiempo. Los minutos se vuelven relevantes y desearía que esos veinte minutos pudieran estar atados a tu libertad. Padre, yo no me acostumbro a escuchar tu digna voz por el teléfono. No me acostumbro a encontrarnos en habitaciones en las que en años anteriores también había caminado, y en las que oraba porque cada vez fuera la última vez en encontrarnos allí. No me acostumbro a que tu breve abrazo tenga que dividirse entre mis hermanas, mi madre, y yo; a las manos de Mina resistiéndose a tu cuello al tiempo de decirte adiós; a los ojos de Monireh siguiéndote hasta el último segundo antes de que la puerta se cierre. No me acostumbro a nada de esto. Todo mundo dice que nuestra experiencia con tus encarcelamientos pasados ha hecho todo normal para nosotros, pero nunca ha sido normal; por el contrario, todo el daño se ha vuelto más profundo, nuestras heridas se han vuelto más añejas, y ahora nos encontramos más afligidas que antes.
   ¿Cómo puedo acostumbrarme al rostro de mi madre, lleno de paciencia y tolerancia, ofreciéndonos una sonrisa artificial? No padre, no me acostumbro la ansiedad y la desazón de mis hermanas escondidas detrás de la máscara de la despreocupación. No me acostumbro a mirar a la gente, todas las mañanas, corriendo por las calles como si fueran máquinas en busca de una forma de vida que llene los estómagos vacíos de sus hijos; hijos que son educados bajo lemas de justicia, alivio de la pobreza y discriminación, pero cuyos padres no se atreven a decir algo por miedo a las consecuencias para ellos, y sus hijos.
  Quizá sea este el mayor legado que ha permanecido eternamente conmigo, tu gran pecado es que no te acostumbras a mirar el dolor de los demás como una conducta fuera de lo normal, yo tampoco me acostumbro a tu encarcelamiento y el de otros. En cada segundo nunca olvido que detrás de los altos muros de la cárcel en la parte más al noroeste de la ciudad, y en otras prisiones, hay personas cuyo único pecado es la crítica en nombre de la reforma; el mismo enfoque que nos fue enseñado por profetas e Imames. Te lo digo a ti, querido Padre, quien con las alas atadas pero un corazón lleno de fe y firmes pensamientos, está en la jaula de quienes no pueden aceptar la crítica; tú que estás verdaderamente libre de cualquier grillete.
Aunque deseo la libertad para ti, y para los otros, sé que donde quiera que te encuentres, Dios está contigo. Cuando el gran Faqih, a quien por entrevistar estás ahora en prisión, se encuentre contigo recitará de la plegaria de Joshan Kabir: “Emad, quien no tiene apoyo”. Si, él es el único cuyo apoyo es para alguien más que no tiene nada en que creer; les dejo con quien su nombre es una combinación de nombres divinos para el apoyo en la existencia; con ese Emad Baghi.
   A pesar de todo, nuestro corazón salta cada vez que escuchamos el timbre creyendo que puedas ser tú. Yo espero que la maldición de los años pasados se quede en el pasado, y esta primavera se convierta en la primavera de tu liberación de la cárcel. Te esperamos.
  En el pasado cuando estabas en la cárcel, uno de tus amigos te escribió un poema. Fue Mojtaba Kashani y estos días, lo recito para mí:

Quien quiera tenga al Mesías en su esencia
Su lugar sea en medio de una jaula
Donde quiera que exista un amigable polluelo
Afligido, esclavizado y encarcelado
La encantadora danza del pez
Hace suyo su tanque
Quien quiera tenga la divinidad en su destino
Días habrá en que estemos heridos
Con el rostro y la negra voz del cuervo
Volaremos libres en medio del jardín
Cada canario que cante
Se librará de la jaula
Tan pronto como se porte una tela de luto
Un cielo seguro será dado en el jardín
Cualquier canto y libertad
O canario apresado en una jaula
Mantenido en la constricción de la jaula
Es mejor que un ser desagradable y malo en esencia
Aprisionado con el lustre de un ángel



Subscribe to Our Blog Updates!




Share this article!
Return to top of page
Powered By Blogger | Design by Genesis Awesome | Blogger Template by Lord HTML