12/14/2009

Una veredita alegre



Éste es el camino que lleva de Ayutla de los Libres a El Camalote, comunidad indígena (Me Ph'aa) que nos recibió con los brazos abiertos en su celebración de la Verbena Popular el día de la Virgen. Después de varias horas de camino, una parada a comer y a escuchar música,



emprendimos el polvoriento camino por la sierra. Los 60 activistas íbamos en camionetas de redilas, pues no hay otra forma de llegar, como no sea a pie. Estábamos preparados para el polvo y los tumbos del camino, pero no para el espectáculo que nos acompañó durante la primera hora:





Poco a poco, el cielo se fue cuajando de estrellas. Cada vez que volteábamos, había más. Los "expertos" en campamentos, señalaron la Osa Mayor, la Menor y la estrella polar, pero tuvimos más dificultades para reconocer otras constelaciones. Tampoco era necesario... ¡eran tantas!

Al espectáculo visual, se sumaban los olores del monte: pino, huele-de-noche, hierba húmeda, incluso estiércol (que, curiosamente, en ese contexto, no huele tan mal), y los sonidos: grillos, chicharras, algún gallo. De pronto llegaba el ruido del motor de la camioneta que nos precedía, pero si no, el silencio del monte nos rodeaba e interrumpía los intentos de conversación que surgían entre los pasajeros.

Supimos que habíamos llegado a El Camalote cuando escuchamos las notas de la banda local y nos inundó el olor a cempasúchil y a copal. Hombres, mujeres y niñ@s repartían flores, guirnaldas y velas, y al poco comenzamos la procesión hasta la iglesia, cantando La Guadalupana. La iglesia no es más que un pequeño galerón, con techo de lámina y una imagen de la virgen al fondo, pero estaba decorado y lleno de fe.


Mientras se rezaba el rosario y los misterios, fuimos pasando al altar a dejar las flores y las velas.



Poco a poco, los menos creyentes fuimos saliendo de la iglesia, lo que nos permitió disfrutar de la otra parte del evento: los niños prendiendo y aventándose cohetes (cabe mencionar que también nos echaban algunos a nosotros, riéndose de lo lindo cuando gritábamos y brincábamos, como buenos citadinos). Especialmente disfrutable ver a Arturo jugando con ellos.



Finalmente terminaron los misterios y el rosario, y nos dirigimos a la cancha, donde nos esperaban con sillas y mesas, una cubeta llena de delicioso café de olla, cerros de tortillas hechas a mano y un caldo de carne calientito. Mientras cenábamos, comenzaron los discursos: del director de AI, del representante del Alto Comisionado, de Tlachinollan y de la OPIM, con interpretación de Optilia, líder de esta última. Después vino otra vez el cantante chiapaneco, con sus canciones-historias que nos hicieron reir y al final, hay que reconocerlo, nos dieron sueño.



Lo bueno fue que después comenzó a tocar la banda, lo que nos despertó y animó. Algunos nos pusimos a bailar, riéndonos, cantando, disfrutando. En teoría, la banda iba a alternar con el sonido, para irle variando. En la práctica, sólo tuvimos sonido 10 minutos, pues los opositores a la OPIM comenzaban a causar problemas. Con todo, estuvimos despiertos hasta las 3 de la mañana. Se armaron unas cuatro o cinco tiendas de campaña, sobrepobladas. Los demás dormimos en una casita que funge como casa de huéspedes. De nuevo, los ruidos del campo: gallos, puercos, guajolotes, grillos. Y a las 8 de la mañana, la banda.

La primer actividad del día, una vez que nos hubimos echado agua en la cara, intentado peinar y lavar los dientes, fue subir al cementerio a dejar flores sobre la tumba de un defensor asesinado.



En el camino, los campos de jamaica, las flores secándose al sol, que constituyen la subsistencia de la comunidad: 30 pesos el kilo.



Tras un desayuno de caldo de carne, tortillas con sal, y jugo de naranja, emprendimos el regreso en las mismas camionetas de redilas. El paisaje fue completamente diferente. Esta vez no había estrellas, pero nos acompañó el verdor de los montes,



el rojo de la jamaica,



el azul del cielo.



Al llegar a Ayutla, esperamos un rato en el sol, tomando yolis (no podía faltar el "¡mira! ¡Yalí tiene su yoli!"), comiendo papitas, bromeando sobre la posibilidad de llegar a Acapulco, y finalmente, al subir a los camiones, todos caímos rendidos. Ni siquiera intentamos conversar, nuestro único deseo, hecho realidad, era dormir. Y dormimos hasta Chilpancingo, donde comimos antes de emprender el eterno regreso a la Ciudad de México.

La experiencia, el paisaje, el cariño de la comunidad, obligaban a reflexionar, a plantearse preguntas sobre el presente, el futuro, la amistad, el trabajo, lo que realmente importa en esta vida y qué estamos dispuestos a hacer para obtenerlo. Y a pesar del polvo, el calor, el cansancio, el saldo fue positivo: estamos en el camino correcto, felices, orgullosos, decididos. La vela sigue encendida, no sólo por quienes no pudimos ayudar, sino por quienes se apoyan en nosotros para continuar su lucha por la libertad, la justicia y la dignidad.





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