4/18/2009

Secuestro

Esto lo escribí hace unos días, cuando recibí la terrible noticia. Ahora el desasosiego ha cedido el paso al coraje, a la frustración de la impotencia. Lo escribí en un momento en que necesité, algo raro, conjurar mis demonios mediante un texto.

Estoy sin palabras. Un amigo, o quizá sería mejor decir conocido, salvo que todos lo queríamos mucho, fue secuestrado hace poco. Por primera vez, la violencia de la que tanto hablo, me quejo y critico, se ha acercado a mí. Las palabras se disuelven en el descrédito, la frustración, la impotencia. ¿Qué hacer? Contactar a los padres para ofrecerles apoyo moral suena bien. ¿Y después? ¿Con quién va uno, sobre todo cuando vives a medio país de distancia de donde ocurrió.
A la frustración de suma el temor de las represalias, la impunidad, la burocracia con que funciona todo en México. Se levanta la denuncia y después no pasa nada. No se buscan responsables, no se hace justicia. Si tenemos suerte, lo soltarán en unos días o semanas, asustado, golpeado, pero vivo.
No, no hay palabras. Las lágrimas de pronto empiezan a agolparse en los ojos, en una reacción retardada, por él, por mí, por todos los mexicanos que se tienen que enfrentar a esta situación. Vivo, por favor, que esté vivo.



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