3/18/2017

Honduras, año 1.

Hace un año y algunos días tomé un vuelo sin regreso. Destino: Tegucigalpa. Era el primer paso de una vida que había imaginado desde que decidí estudiar Relaciones Internacionales, quizá antes, y para la cual todos los años previos fueron una preparación. 



Esta etapa ha sido de retos, en todos los sentidos. De adaptarme profesionalmente a una carrera totalmente nueva, a nuevos jefes y colegas, a la responsabilidad de representar no sólo a una institución, sino a todo un país. De aprender a estar sola la mayor parte del tiempo, de saber qué contestar cuando la primera pregunta que te hacen es "¿vienes sola o con tu esposo?", de estar lejos de las personas que más amo. Ha sido un año de mucho estrés, nuevas canas, nuevas arrugas, nuevos kilos. Pero también de cumplir sueños y metas, de dejar atrás lo que no me sirve para crecer, de estar cómoda en mi propia piel.



Un año se dice fácil, y si bien ha pasado volando, ha sucedido demasiado en estos doce meses. A veces quiero que se acabe, sobre todo cuando toca lidiar con el mal servicio al cliente de todos los establecimientos, o con la cerrazón de la gente, o con la falta de infraestructura. Pero cuando pongo atención a la belleza geográfica de este país, a la calidez de su gente, a las amistades que he construido, quisiera que durara un poco más. 



Si les parece que son muchos contrastes, es porque así es Honduras. Y bien vale la pena darse una vuelta por este pequeño país, casi olvidado y desconocido, con el cual compartimos mucho más de lo que nos imaginamos.


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8/03/2016

Still life

Cae la lluvia, fina, fría. Nos dijeron que entra una tormenta tropical (posible huracán) pero aquí las montañas nos protegen de los vientos y la furia del agua.

En el sexto piso se escuchan los grillos, los autos, alguna tubería rota que da la impresión de un riachuelo pasando por la cañada, donde en realidad sólo hay un parque abandonado y una cancha que nadie usa.

Anoche los fuertes vientos hacían crujir los cristales, ululando como si estuviéramos en la costa. Aquí arriba siempre es peor; me he sorprendido algunas veces de que el aire que aquí vuela la ropa, la hamaca y hasta a mí misma, en la calle de abajo no despeina los árboles.


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2/29/2016

Moving

Con tantas mudanzas que he hecho en la vida, uno esperaría tener dominado todo el asunto, pero no. Ir/venir del DF siempre ha sido cuestión de bolsas, bolsitas, bolsotas, cajas y maletas. Algo así:




Ahora, por primera vez, he debido dejarlo en manos expertas, literalmente. El proceso previo había sido tedioso: listas, valuaciones, trámites, papeles, llamadas, citas. También ha estado acompañado de emociones múltiples, encontradas. Entre el estrés de tener todo preparado, la emoción por lo que viene, la preocupación sobre cómo empacarían, el ansia de que llegaran a tiempo, cariño porque muchas de las cosas que llevo son antigüedades y con un alto valor sentimental, nostalgia de la casa que dejo, aprecio por todo el cuidado que mis bisabuelos/tías/abuela/mamá prodigaron a lo que ahora heredo, tristeza de lo que dejo atrás. Pero sobre todo, tengo mucha alegría por lo que viene.

Casi cada fin de semana de los últimos dos o tres meses, llevé y traje, junté, acomodé, envolví. El objetivo era dejarlo todo lo más listo posible para facilitar el proceso cuando llegaran los profesionales. La casa acabó patas pa'arriba, por supuesto, con todos los muebles recorridos, sábanas y toallas en cajas junto a los trastes de la cocina, libros por todas partes...




Hoy, por fin, llegaron los señores y, a pesar de los comentarios de los compañeros, no estaba preparada para lo que vi: un camión inmenso que apenas entró por el portón, tres empacadores que más parecían hormiguitas (trabaje, trabaje y trabaje), kilos de cartón y papel y cinta (perdón, planeta), precisión, exactitud, limpieza, honradez, profesionalismo. Y mucha, mucha rapidez. Después de siete horas de trabajo, éste fue el avance:





Faltan todavía algunas cosas, pero mañana cuando los señores se vayan en su camión gigante, se acaba esta etapa de preparativos y estaré lista para dar el siguiente paso, el primero de esta gran aventura en la que decidí embarcarme.


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1/20/2016

Barbican Hamlet

Cualquier excusa es buena para ir al teatro. O en este caso, la retransmisión de una de las mejores obras, con un grupo de los mejores actores: el montaje de Hamlet del Teatro Barbican de Londres. La excusa era muy muy simple: vamos a ver a Benedict Cumberbatch en mi obra favorita. O como le dije a una amiga, "Amo Shakespeare, amo Hamlet, amo a Ben."

El caso es que para allá fuimos, otra amiga y yo. Lunes en el Lunario del Auditorio Nacional. Felices y emocionadas porque somos ñoñas de todo lo que remotamente se relacione con Inglaterra, con los clásicos, con Shakespeare y sí, con Ben.

Sobra decir que no fuimos decepcionadas. La puesta en escena es simplemente maravillosa. La producción y la dirección no tienen igual. Pero incluso si en eso hubiera alguna falla, incluso si estuvieran en un escenario vacío, incluso a través de la pantalla, los actores son todo. Llenos de energía, compenetrados completamente con los personajes, logran la meta de cualquier puesta en escena: hacernos sentir.

Porque de eso se trata el teatro, de tocar las fibras más sensibles dentro de cada ser humano. Hacernos reir, llorar, reflexionar. Por eso Shakespeare debe verse en un escenario, no en una pantalla y no en un libro. Leer las obras nos familiariza con ellas, pero los actores son los que realmente las hacen brillar. Gracias a ellos entendemos las pausas, los giros, las intenciones de los personajes. Las escenas cómicas (en este caso, la del sepulturero) realmente liberan tensión y te preparan para el siguiente golpe emocional.

Cuando lo ves en teatro, te das cuenta de que Shakespeare es un clásico por una razón. No es aburrido, como parece cuando lo estudiamos en la escuela. ¡Todo lo contrario! Sus obras están llenas de chistes y bromas, pero sobre todo, son eternas porque los temas subyacentes son comunes a la humanidad.

En el caso de Hamlet predomina la idea de venganza, pero detrás de ella hay una fuerza aún más poderosa: el amor. Hamlet ama a su padre al grado de no poder sobreponerse a su muerte; ama su madre al grado de perdonarle la traición de haberse casado con el asesino de su esposo; ama a Ofelia al grado de querer alejarla del dolor y el sufrimiento (de acuerdo, su método para alejarla de él al saber que podía hacerle daño resultó contraproducente, pero si tenían dudas, es el amor por Ofelia lo que lo lleva a descubrirse ante la corte tras su regreso del exilio y enfrentarse a Laertes).

Tres reflexiones más me dejó esta producción de Hamlet. La primera, evidente para cualquier con el más mínimo interés en el lenguaje y su evolución, es la cantidad de palabras y frases que usamos cotidianamente sin saber de dónde vienen. Cosas como "there is method in madness", el clásico "to thine own self be true", "the mind's eye", "something is rotten in...", "there are more things in heaven and earth than are dreamt of in your philosophy", "woe is me", "the rest is silence" y tantas otras.

La segunda es la escena donde Hamlet decide usar a la compañía de teatro para observar a su tío y saber la verdad sobre la muerte de su padre. Ese soliloquio es una reflexión sobre el papel del actor. Muy, muy meta y muy hermoso.

Is it not monstrous that this player here,
But in a fiction, in a dream of passion,
Could force his soul so to his own conceit
That from her working all his visage wann'd,
Tears in his eyes, distraction in's aspect,
A broken voice, and his whole function suiting
With forms to his conceit? and all for nothing!
For Hecuba!
What's Hecuba to him, or he to Hecuba,
That he should weep for her? What would he do,
Had he the motive and the cue for passion
That I have? He would drown the stage with tears
And cleave the general ear with horrid speech,
Make mad the guilty and appal the free,
Confound the ignorant, and amaze indeed
The very faculties of eyes and ears.
La tercera es que me di cuenta de dónde viene la imagen que todos tenemos en la cabeza de Hamlet con una calavera. No, no es del famoso "To be or not to be", sino de la escena del sepulturero. Este personaje está sacando huesos para despejar la tumba de Ofelia y le dice que la calavera solía ser Yorick, el bufón del rey. Hamlet la toma, dice algunas líneas y la deja por ahí. En alguna interpretación posterior a la original pasó al imaginario colectivo cambiada de lugar. Y de ahí saltó a la calavera de Sherlock en la serie de Benedict Cumberbatch (amo la intertextualidad).

Sólo tengo una cosa más que decirles: Vayan al teatro. Vean obras retransmitidas, vean obras clásicas, vean obras en vivo, vean obras originales, nuevas, contemporáneas, antiguas, adaptadas, modernizadas. Vean lo que quieran pero vayan al teatro.
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1/06/2016

Malcolm Lowry en Cuernavaca

Desde que leí Bajo el volcán y quedé prendada con las descripciones que Malcolm Lowry hace de Cuernavaca, me quedé con la curiosidad de saber un poco más sobre su vida, especialmente en mi pueblo. He leído aquí y allá fragmentos de su biografía, y el siguiente paso lógico era hacer el tour literario por los lugares que frecuentaba. Específicamente, la casa donde vivió.

El 31 de diciembre en la mañana eso fue exactamente lo que hicimos mi mamá y yo. Nos subimos al coche y fuimos directamente al lugar donde vivió. Ahora es un hotel llamado ... sí, Bajo el Volcán. Es un hotel pequeño, enclavado en una de las siete barrancas que atraviesan la ciudad. Sobre lo que ahora es la recepción y el restaurante hay unas habitaciones y una pequeña torre, que pueden visitarse cuando no hay huéspedes. La 106, junto con la torre, era el bungalow que Lowry rentó en los 30. Desde ahí se podía apreciar parte del centro de la ciudad, sus barrancas, el cerro del Tepozteco, la penitenciaria de Acapantzingo y por supuesto, los volcanes.



Aunque algunos de los nombres están cambiados, la geografía novelizada corresponde casi exactamente con la real. El cine que menciona es ahora el Teatro Ocampo, la cantina La Estrella aún existe, la penitenciaría dejó de funcionar como tal  hace algunos años y ahora es un parque. El jardín botánico también es conocido como "la casa de la India Bonita" y merece una visita. El Casino de la Selva fue casi completamente destruido hace unos diez años para construir el Costco. La única duda que aún me queda es si el Tomalín del libro se refiere a alguna parte de Cuernavaca en sí y cuál, o si es Tepoztlán o algún otro poblado cercano.



La administradora del hotel dio muestras de excelente atención al público (sí, les estoy recomendado el hotel). Ha leído la novela y no tuvo ningún empacho en comentarla con nosotras. Respondió amablemente a todas nuestras preguntas sobre la casa y la vida de Lowry. Nos comentó que casi no reciben turistas mexicanos que conozcan al escritor, pero en cambio reciben muchos grupos de europeos que van con el mismo propósito que nosotras e incluso a veces realizan tertulias o lecturas en voz alta.

Sería maravilloso que la Secretaría de Cultura del estado impulsara actividades para promover el turismo literario y artístico en Morelos. Tenemos la ventaja de que era un destino popular entre pintores, escultores, fotógrafos, escritores, científicos (Humboldt, Siqueiros, Lowry, por mencionar sólo tres).



La nota chusca del día sucedió poco después. La administradora nos comentó que, después de haber escrito la novela durante su estancia en Canadá y de haber perdido el manuscrito, Lowry volvió a Cuernavaca. En esta segunda visita rentó una casa unas cuadras más abajo del ahora hotel, en un sitio conocido como "Casa de la Bola." Para allá fuimos mi mamá y yo y nos encontramos con que es ahora una calle cerrada, con reja y guardia. Bajé la ventana y le pregunté al guardia si sabía (de pura casualidad) cuál habría sido la casa donde vivió Malcolm Lowry "hace más o menos un siglo."

Se quedó pensando.

"Yo creo que ya se fue. Aquí se ha mudado mucha gente."

"Sí, eso fue hace tiempo. Sólo quería saber dónde pudo haber vivido."

"¿Cómo se llamaba?"

"Malcolm Lowry."

"Mario... Mario..." Sacudió la cabeza.

"Mal-colm."

"No, se me hace que ya se ha de haber mudado."

Sí, señor guardia. "Mario" se "mudó" hace mucho de este mundo.

Seguramente habría retratado esta escena tratando de entender si así es nuestra naturaleza como mexicanos o si era algo específicamente en su contra.

Y después se habría ido a beber algo.


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12/01/2015

Un día cualquiera

La segunda taza de té del día. En realidad es un re-fill de la anterior. Sin leche, con poca azúcar. Agua caliente del garrafón. Con cada sorbo siento que mis dientes se debilitan, pero necesito la cafeína y el reconfortante líquido. (He leído en alguna parte que tomar café, casi tanto como salir a fumar, está asociado a una rutina más que a una necesidad).

El soundtrack es el mismo de siempre: murmullo de voces (a veces no es un murmullo), la impresora sacando hojas y más hojas, los teléfonos no paran de sonar. Alguien escucha música y yo intento descifrar la canción (hoy es Amélie, ayer fue El Fantasma de la Ópera, a veces es Carmen). El  soundtrack es el mismo de siempre y, como siempre, me vuelve loca.

Quisiera poder cerrar la puerta y aislar el ruido. Ya llegará el día, me consuelo. (Espero que no tarde mucho).

Correos, oficios, perfiles, tarjetas, notas, acuerdos, reuniones.

El tiempo me juega malas pasadas. Cada minuto es eterno y, sin embargo, las semanas se suceden unas a otras con prisa vertiginosa. (No estoy descubriendo el hilo negro, lo sé. He discutido el tema muchas veces en los últimos días. Todos estamos de acuerdo).

Busco información que, extrañamente, no existe en Internet. (¿Cómo es eso posible in this day and age?) Necesito reportes, datos, fechas, cifras, nombres, para completar, confirmar, actualizar.

Guardar. Enviar. (Otra vez me equivoqué de destinatario. No es grave: si le llega al jefe del jefe, al menos sabrá qué estoy haciendo).

A mi alrededor se suman nuevos sonidos: crayolas sobre papel, tijeras, cinta adhesiva. Alguien pide hilo. Crujen bolsas de plástico. Aquí, como en todos lados, las fiestas decembrinas no pueden pasar desapercibidas y es momento de decorar. (Respiro hondo, tratando de no ser La Grinch. "A mí," pido, "pónganme una piñata o una nochebuena").

Salir es cambiar de ritmos, entrar en otro track: autos, organillos, sirenas, campanillas de bicicleta, altavoces, perros, gatos, niños, vendedores ("A las guapas no les cobramos"). La música varía con cada establecimiento y es difícil seguirle el paso.

Por fin, tres puertas y cuatro chapas después, silencio.

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