Ashia se despertó temprano, inquieta. Como
cada mañana, volteó a ver la cama de su hermana, vacía. Nunca entendió esa
manía de Lilith de salir a caminar en la lluvia cuando los demás dormían
todavía.
Su malestar la preocupaba. ¿Sería sólo un
sueño o había algo de premonición? No sería la primera vez que viera sus sueños
convertidos en realidad. Lo malo es que no solían ser buenos. Cerró los ojos e
intentó dormir de nuevo.
Quiso concentrarse en su respiración
(“Inhala, exhala”) pero los ruidos del mundo exterior se colaban por la ventana,
distrayéndola. Se distrajo identificándolos: “Ahí va el vecino de arriba a
pasear a sus perros”, “Ahora pasa el ropavejero”, “Ése es el panadero. ¿Traerá
conchas?” Pensamientos ociosos todos, pero que la invadían sin que pudiera
evitarlo. Sonrió y decidió que era hora de levantarse, a pesar del frío.
¿Habría café todavía?
Físicamente idénticas, las gemelas Lilith y
Ashia no se parecían mucho. A Ashia le gustaban los días de sol y disfrutaba la
atención de los extraños en la calle. En vez de esconderse tras lentes y bajo
paraguas, caminaba orgullosa, la frente en alto y mirando a su alrededor,
riéndose del asombro que causaban sus rasgos.
No es que Lilith fuera apocada o tímida,
más bien Ashia era extremadamente abierta y bullanguera. Lo había decidido hace
mucho, justo en la época en que empezó a vestirse sola y elegía atuendos
coloridos, sólo por distinguirse de su hermana.
Lilith se había acabado el café, así que
Ashia puso agua a hervir, eligió un sobrecito de té y reanudó su lectura de la
noche anterior, pero la inquietud volvía a asomarse, interrumpiéndola.
Bebió su té a sorbos para no quemarse,
pensando en la reunión que su hermana tenía hoy. No sabía qué pensar. Emilio le
agradaba pero había algo raro en él y Lilith parecía no notarlo. O tal vez
tenía sus dudas, pero ésas no se las había compartido.
Sí, era eso. No quería ver lastimada a su
hermana pero era el único escenario predecible.
Intentaría hablar con ella cuando regresara. Mientras tanto, no había
nada que hacer. De vuelta al té y al libro, Ashia se perdió en los mismos
mundos que su hermana, llenos de aventuras y nostalgias, si es que se puede
tener nostalgia de algo que no hemos vivido.
La lluvia golpeaba suavemente en la
ventana, incitándola a levantar la vista cada pocos minutos, a perderse en sus
pensamientos, precisamente lo que quería evitar.
El cambio no le sentaba muy bien. Desde su
llegada a la ciudad se sentía perdida, sola. No le gustaba pegarse a su hermana
para todo, aunque en ocasiones la acompañaba en salidas, marchas o excursiones.
Además, necesitaba ya su propia rutina, su propio grupo social. La inactividad
la demolía, la hacía pensar de más. Esperaba obtener pronto respuesta de un
trabajo que había solicitado para así salir del estancamiento en que se
encontraba.
Ser adulta no era ciertamente lo que
imaginaban de pequeñas. Había muchas más responsabilidades y obligaciones, la
vida no era tan glamorosa como la ponían en las películas y definitivamente no
todo eran trabajos y fiestas increíbles. No contó con la soledad, con el desempleo,
con las mudanzas. A veces deseaba poder regresar a la infancia, a los juegos
con Lilith, a los abrazos de la abuela.
Claro, ventajas sí había. Era libre de
elegir muchas cosas, vivir a su modo, sin más reglas que las suyas. Es sólo que
a veces se le hacía difícil. Los días de lluvia eran los peores. Como hoy.
Decidida a sacudirse la melancolía, Ashia
salió a caminar. Llevaba poco tiempo en esta jungla, llena de gente y autos,
pero que aún conservaba pequeños remansos de calma, como estas calles que ahora
recorría en busca de un espacio acogedor.
Lo encontró pronto y tuvo que admitir que
vivir aquí tenía sus ventajas: no en todos lados podía encontrar una librería
con sillones frente a una chimenea encendida, creando un área para leer
mientras tomaba café y donde, además, no la vigilaran constantemente con el
pretexto de que podía maltratar los libros.
Era un espacio pequeño… al menos, eso
parecía desde afuera. La primera vez que entró quedó sorprendida al constatar
que era mucho más grande por dentro. Los estantes ocupaban todo el espacio
disponible de paredes y el piso estaba invadido por torres de libros. Al fondo
había un mostrador, atendido por el dueño del lugar, un hombre ya entrado en
años, con una eterna pipa en la boca y una sonrisa afable en los labios.
También preparaba el café que los clientes constantes pedían al llegar, incluso
antes de preguntar por las novedades literarias.
Apenas en su segunda visita, Ashia estaba
lejos de considerarse regular de la librería, pero aún así se acercó al
mostrador, deseosa de tener alguien con quien hablar. Don Mario se acomodó los
lentes y sonrió. Sólo la había visto una vez, pero esta chica desgarbada de
pelo rojo se le hacía simpática. Le ofreció café y mientras hervía la acompañó
al sillón naranja junto a la chimenea. “Es el mejor lugar para un día como
hoy”, observó. “Café, libros, un buen fuego…”. Ashia asintió, “Es un pequeño
paraíso. ¿Le ayudo?” Pues Don Mario intentaba encender la chimenea. “Gracias,
hija, ya lo tengo. Como verás, la edad me vuelve ágil. ¡Ah! Ya está el café.
¡Qué bien huele! Espera un momento”.
Sintiéndose acogida, Ashia tomó el primer
libro de la torre más cercana y se arrellanó en el sillón recomendado, mientras
Don Mario traía dos tazas de café y un periódico amarillento. Ella lo miró
extrañada, tratando de leer la fecha, pero él sonrió y antes de que pudiera
preguntar, explicó, “Los periódicos de ahora me deprimen, sólo hablan de
violencia. Ni siquiera están bien escritos. Yo colecciono periódicos antiguos,
así me puedo imaginar que aún estoy en un tiempo más simple. Algunos me
recuerdan eventos que ya viví. Otros me dejan pensando cómo serían las cosas si
el resultado de los eventos que se mencionan hubiera sido distinto. Bueno, ya
sabes, los viejos siempre pensamos que nuestros tiempos fueron mejores.” Y con
eso se sumergió en la lectura de sus reportajes antiguos. A Ashia no le quedó
más remedio que imitarlo.